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El adorable lenguaje connotativo del Protocolo

Campanilla que no es campanita





La vida en los pueblos ayudaba a conocer bien el lenguaje de las campanas cuando sus toques se unían a las vidas de las personas. También hoy se las escucha en las ciudades  aunque en determinados días.  Las campanas pueden ser echadas a vuelo, tocar arrebato o doblar a muerto. Nuestros antepasados conocían bien todos sus toques y así recibían en la quietud del campo  las noticias que hoy llegan velozmente por Internet. Aquel encanto de entonces supo de hablillas especialmente cuando algún sacristán inexperto y sin haber oído campanas, daba unos toques equivocados.



Cuentan que hace siglos, un obispo sintió menoscabada su autoridad cuando visitó  una parroquia rural. Interrogó al párroco y le pidió explicaciones porque no había echado a vuelo las campanas a su llegada. El cura, acongojado, intentó explicarse y humildemente respondió que le asistían diez razones para no hacerlo. El obispo inquirió por la primera y, ante su estupor, escuchó que le decía: “Señor Obispo: No lo he hecho porque no tengo campanario ni campanas”. La respuesta dio fin al diálogo: “Pues entonces no me dé Ud.las nueve restantes”.


Son hablillas, rumores y cuentos que corren y lo de las
campanas trae a mi memoria un sucedido que tuvo como protagonista a una
pequeña pero muy eficaz campanilla. Me  desempeñaba como director de
Protocolo de una universidad y recibí el encargo de pergeñar una
ceremonia de graduación de  una unidad académica, ubicada en el campus
universitario. Me puse en contacto con las personas interesadas y
pregunté, entre otros temas, si disponían de una campanilla. “No usamos
campanita” me dijeron casi corrigiéndome. Reí para mis adentros porque
“campanita” es aquí la marca de un conocido jabón de tocador.

Al
primer folio descubrí la necesidad de aclarar las cosas y comprobé que,
con la mejor buena voluntad, nunca habían oído hablar de campanas. En
Protocolo tenemos que estar dispuestos a cualquier cosa. El adagio
romano nos lo recuerda para que no nos  desalentemos: “Ad utrumque
paratus”.

¿Qué es una campanilla? Se trata de una campana manual
que sirve en las reuniones numerosas para que quien hace cabeza reclame
la atención de los circunstantes. En Protocolo la utilizamos y en el
Manual de Ceremonial de aquella Universidad se contemplaba su uso. Como
observamos, la campanilla no es una campanita y en la graduación
contaríamos con ella.

Este relato no sucedió en el año de catapún
y la campanilla es una aliada nuestra en el momento de poner orden.
Sonará algo fuerte lo de poner pero el orden lleva a algunas 
restricciones. No es un tema elevado al árbol, como decía un buen amigo
cuando quería referirse a algo elevado al cuadrado. Estamos dentro de
nuestra disciplina y, a veces, cuando intentamos dulzurar algo
terminamos mal.

Las ceremonias académicas tienen un desarrollo
propio y aunque muchos opinantes digan lo contrario, conviene seguirlo.
La tradición está de por medio y todo lucirá bonito si una campanilla de
plata se encarga de dar un avisón. Estamos en Protocolo y sabemos cómo
solemnizar las ceremonias.

En la graduación académica de mi
Universidad, al Rector le corresponde percutir la campanilla y decir,
por ejemplo: “Se inicia la colación de grados de la Facultad de Derecho
de nuestra Universidad.” De inmediato el relator y desde el podio,
enuncia los nombres de las autoridades que integran la mesa
presidencial: “Han ocupado los sitiales del estrado… Preside esta
ceremonia el Señor Rector…” De esta forma, los oradores de la ceremonia
evitarán insistir con el tedioso: “Señor Rector, Señora Decana…”. Todos
son presentados al comienzo  y el público agradecerá la brevedad.
Sorprenderá quizá el tratamiento llano dado al Rector. Es el habitual en
estas latitudes aunque  conocemos y respetamos las formas europeas.

De
intento he mencionado la figura del relator o relatora de Ceremonial.
Ahora, cuando se disputa el Campeonato Mundial de Fútbol, escuchamos en
cada partido la voz de los relatores. Nosotros también contamos con una
persona idónea  que relata nuestra  ceremonia. No es un locutor o una
locutora. Es alguien que, con conocimientos de nuestra disciplina, es
capaz de improvisar o apartarse, si fuese necesario, del guión
preparado.

La campanilla cumple su función al inicio y al final
de la ceremonia de graduación. Con ella no se campanillea ni se dan
campanillazos. Como no es una extraña costumbre centenaria no he
mencionado el  tintinnabulum. Hemos comprobado la eficacia de un humilde
instrumento de percusión que no es la campanita sino la ceremoniosa
campanilla. Con ella Maese Pedro hizo cesar la música agitándola
fuertemente  y hasta el mismo Don Quijote “viendo que iban a entrar en
una escaramuza, llamando al orden, resolvió tocar la campanilla”.

Por Roberto Sebastián Cava

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Para RevistaProtocolo.es

Julio 2014.

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