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El rol de las Relaciones Públicas en la Gobalización

Globalización y Relaciones Públicas



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La globalización es un proceso irreversible, que nos afecta a todos en la misma medida y del mismo modo. Todos somos seres «globalizados».



La «globalización», además de ser un fenómeno omnipresente, se caracteriza principalmente por la compresión del tiempo y el espacio, debido a la tecnología, y es este último factor el que nos une tanto como nos divide.

El factor basal de la globalización es la capacidad de movilidad, y ésta está dada, básicamente por el acceso a la tecnología, lo que representa el fin de las distancias en términos «humanos». El hombre siempre había visto la movilidad circunscrita a su propia dimensión. Con el advenimiento de las tecnologías de transporte y, sobre todo en el campo de las comunicaciones, esas distancias perdieron la anterior dimensión y se diluyeron. Hoy, los seres «globales» tienen acceso a cualquier lugar del  mundo en instantes, con mensajes escritos, voz, e imagen.

Este valor genera automáticamente la diferencia entre quienes tienen acceso a esa tecnología y quienes no. Este valor establece una  diferencia entre seres «globales» y seres «locales», siendo la localización, el opuesto de la globalización, y el equivalente a inmovilidad en un mundo que está completamente sujeto al cambio, la imposibilidad de moverse rápido es equiparable a la degradación y a privaciones sociales y económicas.

Por lo tanto, la cara complementaria del proceso de
globalización, es la progresiva segregación y exclusión de quienes no
poseen movilidad, y es ésa una de las causas de mayor preocupación entre
los intelectuales del mundo: la creciente pérdida de contacto entre las
elites extraterritoriales y el resto cada vez más «local», ya que la
independencia de los «globales» del confinamiento de unidades políticas y
culturales, acentúa la desprotección del resto. Ejemplos de este
fenómeno son las constantes presiones por parte de las empresas
transnacionales para lograr la aprobación de legislación en su
conveniencia, bajo la amenaza de dejar el país, con un tendal de
desocupación detrás. Los «globales» pueden irse, los «locales», no.  Y
es esta desigualdad, otra de las características inherentes a la
globalización.

La tecnología asegura la «globalidad», por lo
tanto, aún entre los «locales» ésta también es sobrevalorada y comienza
una escalada en la demanda tecnológica, que también permitió su
evolución hasta niveles de ciencia ficción. Una cuestión qué surge
espontáneamente es ¿qué impediría a los «locales» globalizarse, si ellos
también tienen acceso a la tecnología?  En primer término, el uso que
cada grupo hace de ésta: el «global» se mueve a través de la tecnología,
el «local» se entretiene con ella. ¿Por qué ocurre esto? La «localidad»
no permite un fácil acceso a las redes de comunicación que permiten la
movilidad; la conectividad a Internet no siempre es óptima en la
«localidad», y la operatividad de recursos que la red ofrece a los
«globales» no presenta ni formato amigable, ni utilidad aparente para
los «locales», por lo que volvemos al entretenimiento, que permite la
hiperrealidad.

La hiperrealidad es un constructo que define el
modo en que la conciencia reconoce y construye lo que es «real» en un
mundo en el que el evento o experiencia original es radicalmente
reformulado y filtrado por los medios de comunicación. Dicho de otro
modo, la hiperrealidad es la incapacidad de distinguir entre lo real y
lo mediatizado por la tecnología.

Filósofos de la talla de Jean
Baudrillard y Umberto Eco dicen que lo «hiperreal» es la representación
de algo cuya contraparte no existe en la realidad. Lo «hiperreal» es
algo nuevo que «pareciera» referirse a algo real.

Hasta hace 30
años, una empresa que se asentaba en una comunidad, establecía vínculos
con ésta. La mayoría de quienes vivían en las adyacencias tenían algún
tipo de relación con la empresa y la empresa devolvía a su comunidad, en
su compromiso, zapatillas para los niños más pobres, becas,
construcción de espacios para el esparcimiento, etc. Hoy,  el
«imaginario social» ha cambiado.

«Una empresa pertenece a la
gente que ha invertido en ella, no a los trabajadores, ni a los
proveedores, ni a la comunidad donde está situada», dice Albert J.
Dunlap.

De aquí, naturalmente se desprende que los «inversores»
no tienen ningún tipo de atadura espacial, es más, probablemente ni
conozcan los lugares físicos donde están situadas sus inversiones, por
lo que sería imposible que demostraran la más mínima empatía por las
comunidades que las rodean. De hecho, una compañía, debido a su carácter
global, puede establecerse en cualquier otro lado, sin embargo, las
consecuencias de esa partida, son las que afectan a los locales, y el
manejo de ese nivel de incertidumbre, constituye también parte del poder
de los «globales».

Todo este fenómeno es claramente un “issue” de Relaciones Públicas.

En
definitiva, puede que el amigo Dunlap tenga razón y una empresa
pertenezca a los inversores; no obstante, sin un programa proactivo de
Relaciones Públicas tendiente a generar confianza entre sus
trabajadores, clientes, proveedores y la comunidad, difícilmente se
trate de una entidad que goce de una buena imagen institucional.

Las
Relaciones Públicas operan en el campo de los “globales” y de los
“locales”, generando sinergia, lazos emocionales y vasos comunicantes.



Por Antonio Ezequiel Di Génova*

* adigenova@redrrpp.com.ar

@antoniodigenova

Presidente de REDIRP www.redirp.org

Editor del Portal de RR.PP. www.redrrpp.com.ar

Director General de e-PR Consultores

www.e-publicrelations.com.ar 

Autor de los libros:

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