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Globalización, Hiperrealidad y Relaciones Públicas

Batalla por la  credibilidad

En la actualidad, merced a fenómenos como la globalización y la hiperrealidad, para comunicar (entendiendo comunicar como un ciclo que abarca el feedback esperado) es necesario atravesar la barrera del escepticismo del público. En este escenario, tiene lugar la batalla por los restos de credibilidad de las audiencias. Medios masivos, grandes empresas, políticos y otras especies pugnan por llegar a tocar aquella cuerda que permita que sus públicos objetivos les crean.

 

A pesar de los cuestionamientos de expertos, que braman que quienes se conectan son todavía una minoría, la masividad del acceso a medios interactivos es una realidad que se concreta con la misma dinámica del rumor, y, si se quiere, de las antiguas tradiciones orales. Aquellos que disponen de un nuevo saber lo propagan entre los suyos, de tal manera que el contexto actual en nuestro país es el de una audiencia afectada por nuevas fuentes que contradicen, en muchos casos, las habituales, lo que efectivamente genera el escepticismo reinante; todo esto, sazonado con el ingrediente adicional  de una sociedad –la argentina- que siempre se caracterizó por una incredulidad cosmética consuetudinaria, heredada de las enseñanzas elitistas sarmientinas.  

 

 

Bien, establecido operacionalmente el contexto reinante, cómo luchan los distintos jugadores la batalla por la credibilidad. Analizaremos en primer término las estrategias de los medios masivos, que juegan sus fichas a la bajada en bloque. Este procedimiento consiste nada más y nada menos, que la oligopolización de los medios más importantes en pocos conglomerados, que manejan multimedios, en los que ajustan discurso, en la convicción de que la gente desconoce este proceso y piensa que si determinada radio, que siempre fue creíble, y determinado diario (que pertenece al mismo multimedio), que también siempre fue creíble, sostienen la misma línea, y así sucesivamente, va a creer lo que se le dice. La realidad, y los millones de blogs informativos que pueblan la red indican que el de los multimedios es una especie de pensamiento mágico, que no funciona de la manera deseada, sino en la opuesta. La audiencia ya está esperando una política editorial de determinado medio, lo que ha mancillado en el largo plazo (por no decir de manera permanente) su admisibilidad, por parte del público.

 

Ahora bien, esta consecuencia lógica de una prosecución impía y desmesurada de intereses propios, en lugar de funcionar de manera transparente, ha ocasionado millonarias pérdidas para los medios que no están dispuestos a afrontar. ¿Cuáles son las estrategias adoptadas para cambiar esto? La desacreditación permanente. En el país de los desacreditados, si yo poseo muchos medios de comunicación consistentes entre sí, reinaré. ¿A quién desacreditaré? Al Gobierno, blanco preferido, de los últimos años. ¿Por qué al Gobierno? Porque aprovecho la faz crítica hueca y seudo intelectual que les es inherente a muchos argentinos. O sea, porque es fácil. Sin embargo, no era esta la tesitura, hace muchos años cuando se dictaron las leyes contrarias a la libertad de prensa y de información, que permitieron hoy los oligo/monopolios de medios y la reelección de quien hoy es también blanco preferido de críticas. Es decir,  los mismos medios que hoy, en bloque, vituperan el “lookete” (término fashion, si los hay) de la primera dama, y candidata presidencial, son los mismos que hace años, ocultaban información sobre la voladura de una fábrica militar para borrar rastros de maniobras delictivas por parte del poder ejecutivo de entonces.

 

Las empresas multinacionales, por otra parte, actúan en nuestro país como lo hacen en todos los territorios “emergentes”, el término eufemístico que designa a países pobres, como la Argentina. Es decir, con actitudes patriarcales, autoritarias, y que trasuntan la velada amenaza de que pueden irse con sus capitales a otra parte. ¿Cuál es el error? En la Argentina, el leit motiv fue siempre: si hay pobreza, que no se note. Cómo se traduce esto empíricamente: soy pobre, pero pienso, y no aceptaré ser tratado como un pobre común, porque Buenos Aires es la París Latinoamericana, entonces tampoco aceptaremos comunicaciones unidireccionales de las empresas. Ejemplo paradigmático: Dasani, agua de red adicionada sospechada de contener elementos cancerígenos,  de la empresa Coca Cola, cuenta con un bochornoso 2,7% del market share del sector, porque Coca no pudo traspasar la barrera de la incredulidad.

 

Por último, en la actualidad, la gente puede acceder a archivos, ya sea a través de los de los múltiples programas de uno de los géneros que más rédito está dando últimamente, el de la metatelevisión (o televisión que se refiere a la televisión), de los periodísticos y de cualquier otro tipo, disponibles en Internet. Entonces políticos que antes se juntaban disimuladamente con alguien que uno no conocía, para armar alianzas y fórmulas, hoy no disfrutan de esa libertad, ya que en cuestión de segundos podremos descubrir si alguien es licenciado o no, ingeniero o no, o la trayectoria de un político del interior del que hace 20 años no se tenía la menor idea, y hoy, a la hora de un anuncio, ya sabremos si posee trapitos sucios que esconder o no.

 

Todo lo que hemos detallado, son las causas de la apatía e impermeabilidad de las audiencias descritas gráficamente por estadísticas y magras cifras de encendido durante noticieros y venta de diarios, caídas en ventas de productos impensados, y votaciones inexplicables, con justificaciones del tipo: lo voté porque no es político.

 

¿Es malo este nuevo escenario? Sólo para quienes se han aprovechado históricamente de poseer el control de la información, y a su vez la han restringido, a su conveniencia, al público, que están atravesando lo que el famoso dicho rompe, paga manda. En este momento las consecuencias en la conducta del consumidor son de marcada rebeldía contra este modelo de sometimiento tradicional, pero, en tanto y en cuanto, los actores de la batalla de la credibilidad identifiquen estos factores, cambien sus estrategias, adapten la direccionalidad de sus canales de comunicación y se concentren en la calidad y veracidad de la información que transmiten, esta rebeldía se irá morigerando, ya que también para la audiencia es desgastante chequear fuentes por sus propios medios.

Así que ya que estamos de dichos, nos queda esperar si obras son amores y no buenas razones o si seguiremos con ojos que no ven, corazón que no siente. 

 

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