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La clase alta que se afianza después de la crisis


SON EL 5% DE LOS ARGENTINOS Y, JUNTO A LA CAPA MEDIA ALTA, CONFORMAN UN QUINTO DE LA POBLACION

Tienen valores, comportamientos e ideología diferentes de los de sus antecesores. Y menos conciencia de clase. Privilegian el perfil bajo y la informalidad. Son más liberales y fanáticos de la tecnología.


Ni terratenientes, ni ganaderos, ni patricios, ni necesariamente conservadores, ni católicos practicantes. Tampoco, ostentosos nuevos ricos del uno a uno. Si algo queda de aquellos rasgos que definían al sector dominante tradicional de la Argentina, hoy apenas se arrincona en la minoría ¿en extinción? de ese segmento. A fuego lento pero firme, una nueva clase alta se cocina en el país alumbrando unas cuantas novedades: el grueso de quienes se agolpan por estos días al tope de la pirámide —derramando al resto tendencias e imaginarios de éxito—, tiene orígenes, valores y comportamientos diferentes a los de quienes lo antecedieron en ese «trono» social.

Así lo afirman varios expertos consultados por Clarín y un estudio sobre Mercado del Lujo realizado por el Grupo CCR. «La clase alta se está resignificando y hoy está subdividida. El grupo mayoritario es lo que llamamos clase alta reciente: gente que accedió a la riqueza desde las capas medias porque estaba bien posicionada en dólares en 2001. Un segundo grupo son los argentinos globalizados: los que viajan al exterior y luego convierten en un valor lo que consumen afuera. Y el tercer grupo, el minoritario, es la clase alta tradicional, que mantiene sus valores pero no los promueve ni los derrama por fuera de su círculo», dice Fernando Moiguer, director de CCR.

«La clase alta tradicional, vinculada esencialmente a la propiedad de la tierra, ya no ocupa el escalón más alto en términos de ingresos y consumos. Fue reemplazada por un sector de la clase media enriquecida a partir de la inserción de la economía en la globalización capitalista», coincide la socióloga Ana Wortman, del Instituto Gino Germani.

Si bien el perfil de esta nueva capa social es todavía incierto, tiene comportamientos, valores, consumos y hasta una ideología y una moral diferentes a las de la clase alta tradicional. En lo que hace al modo de acumulación, abunda en negocios vinculados al mundo financiero y, sobre todo, al avance tecnológico aplicado a diversos ítems, desde la producción agrícola a la industria cultural, con picos de generación de riqueza en el área informática.

A su vez, la clase alta «reciente» no basa su prestigio en raíces de larga data ni se desvela por imprimir su apellido en alguna calle. Sus privilegiados miembros son ciudadanos del mundo e incorporan lógicas y valores de carácter global, dicen en CCR.

Estos nuevos «vip» hacen de la tecnología un ícono de diferenciación y privilegian los viajes y la educación de los hijos, pero —asegura Wortman— «son menos cultos que en el pasado. Recurren al saber instrumental vinculado a las transformaciones de la economía, el management en la corporación trasnacional, etc.», pero la formación es más especializada y con menos profundidad. También, menos extensa, porque las formas de acumulación son más rápidas y menos esforzadas.

Otro rasgo que alumbra una diferencia marcada es el perfil bajo, sobre todo al consumir: «Gastan y compran el doble que en los 90, pero a puertas cerradas», dice Moiguer. En ese marco, rechazan los espacios estereotipados y prefieren lugares de poca circulación. «Buscan un deleite íntimo o en grupos pequeños. Son más propensos a una vida menos expuesta y menos ostentosa. Por eso crece la venta de productos de lujo por Internet, porque ya no quieren —como en los 90— que los vean entrar al negocio», dice Braulio Bauab, especialista en marcas de alta gama y mercados selectivos, creador de http://www.clarin.com/redirect.html?url=http://www.clubnobili.com, la primera tienda online de productos de lujo.

«La nueva clase alta es puertas adentro», acuerda Wortman. No circula por los mismos espacios que el resto de la sociedad y hasta se podría hablar de un abandono de la ciudad. «Tienden a aislarse del ámbito público y encerrarse en urbanizaciones cerradas o edificaciones con mucho servicio, de las que florecen en Capital».

Otro cambio tiene que ver con el abandono de la formalidad de la vieja clase alta. «Podemos resumir a este grupo en una palabra, un valor: la mezcla. La mezcla propia, el toque personal, una flexibilidad acorde a una época de diversidad. En lugar de la rigidez del traje, la corbata, la rubia maquillada y el vestido formal, prefieren un look más relajado, con estilo propio, combinando todo a gusto personal», dice Mariela Mociulsky, de Consumer Trends.

Bauab encuentra algo similar en sus estudios: «En los 90 la clase alta compraba productos de lujo a cualquier precio, y llevaba cualquier cosa que tuviera etiqueta. Hoy buscan identificarse afectivamente con la marca: tiene que tener atributos simbólicos que proyecten su identidad».

También el conservadurismo clásico de esos sectores empieza a ceder. «En el segmento AB hay una mayor equiparación de roles hombre/mujer. El varón ya no quiere que su mujer no trabaje ni se siente totalmente al margen de lo doméstico —dice Bauab—. Y tienen una actitud más liberal en temas controvertidos: acepta la unión homosexual, la educación sexual y le parece bien convivir antes de casarse. Son más permeables a posturas criticables desde la moral o la religión».

La nueva clase alta no acumula en su espalda generaciones patricias ni heredó ningún abolengo. Tampoco porta en sus genes el ADN de empresas adineradas. Es más: «Aunque ganan, viven y consumen como clase alta, ni siquiera se sienten de esa clase», dice Moiguer. Aun así, se paran al tope de la pirámide social para marcar el rumbo. Y allá va el resto, detrás, debajo, a replicar como pueden lo que proponen.

 

Por: Georgina Elustondo



Fuente: Diario Clarín

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