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Misteriosa Buenos Aires

Los mejores destinos

Tengo la certeza de que si habéis venido a Argentina os
habrán dado un folleto muy bonito con un título que es un invitatorio:
“Los mejores destinos”. En él figuran muchos sitios posibles de ver en
una estancia breve o prolongada. Con respecto a Buenos Aires,  os
sugerirán visitar, entre otros, el estadio de Boca, la Plaza de Mayo,
los locales de tango, los asadores, el Obelisco y el cementerio de la
Recoleta. Este último no es evidentemente “un mejor destino” mas merece
la pena visitarlo.

Por Roberto Sebastián Cava*

Tengo la certeza de que si habéis venido a Argentina os habrán dado un folleto muy bonito con un título que es un invitatorio: “Los mejores destinos”. En él figuran muchos sitios posibles de ver en una estancia breve o prolongada. Con respecto a Buenos Aires,  os sugerirán visitar, entre otros, el estadio de Boca, la Plaza de Mayo, los locales de tango, los asadores, el Obelisco y el cementerio de la Recoleta. Este último no es evidentemente “un mejor destino” mas merece la pena visitarlo.

La semana pasada fui invitado a disertar a un grupo  numeroso de guías de turismo  sobre “Una visita a la ciudad de los muertos”. La de la Recoleta  posee una extensión de cinco hectáreas y media. En los mausoleos y bóvedas de sus tumbas alberga una inmensa muestra escultórica. Este cementerio junto con los de  París y Génova,  exhiben innumerables obras y por ello reciben a miles de turistas deseosos de observar arte antes que tumbas.

El cementerio porteño de la Recoleta  nació muy pronto después de la Revolución de Mayo de  1810. Hasta entonces se había seguido la costumbre de enterrar a los muertos dentro de las iglesias y junto a los altares. En 1821 se produjo  la mal llamada “Reforma eclesiástica”.  Se confiscaron terrenos y bienes. El huerto del convento de los franciscanos recoletos se convirtió en un cementerio público, un camposanto consagrado. Pasó el tiempo y ante la necesidad de dar sepultura a un no creyente se autorizó en él su entierro. Por esa situación la autoridad religiosa quitó el carácter sagrado que tenía la necrópolis. Surgieron después los cementerios británico, judío, alemán y con la epidemia de fiebre amarilla en 1869 fue preciso habilitar un nuevo espacio. Así surgió el de la Chacarita. Allí está la tumba de Carlos Gardel.

La Recoleta, es la ciudad de los muertos pero no es un museo. Por eso animé a los guías de turismo para que continuaran con  la misma seriedad las visitas  a este cementerio. Fumar, beber refrescos, andar los hombres con la cabeza cubierta no parecen modos de respeto. Con delicadeza es preciso advertir a los turistas. Es evidente que la Recoleta no es uno de los mejores destinos pero los turistas lo recorren a diario. Sus obras escultóricas  fueron encargadas para perdurar el recuerdo de lo muerte, la “desdicha fuerte”.

En la Recoleta está la historia de Argentina de principios del XIX y parte del XX. Todavía  se realizan inhumaciones. Este término quizá confunda. En el cementerio no hay enterramientos. Los ataúdes son depositados en bóvedas y mausoleos. En esa ciudad hay  muertos  “ilustres” junto a una muchedumbre de mujeres y de hombres  que exhiben sus vidas, su trabajo y sacrificios como el mayor título. Allí conviven todos, porque “Allegados son iguales/los que viven por sus manos/e los ricos”.

Animé a los guías de turismo a actuar como verdaderos psicólogos. Ello les ayudará a adaptar sus guiones a los más variados públicos. Una cosa es explicar detalles históricos a un grupo de argentinos; en cambio tarea ardua les resultará hablar a personas de cultura oriental. También procuré trasmitirles un consejo sobre los relatos tétricos. La catalepsia es quizá la que provoca los mayores sustos. Los fantasmas parecen llevarle ventajas, aunque no existen.

La Recoleta posee su plaza central como toda ciudad. Un bronce de escuela impresionista  recuerda la Ascensión del Señor. La estatua mira hacia el gran pórtico de entrada y en lo alto la inscripción de Expectamus Dominum recoge el clamor de los que allí esperan.

Las autoridades del cementerio se preocupan para que el respeto esté siempre presente. Dije anteriormente que en la actualidad se realizan sepelios. No son muchos en un día aunque fue preciso poner un poco de orden. Con la ayuda de algunos dispositivos se encauzan los movimientos fúnebres y así se evitan mezclas. Las denominadas “líneas” separan a los turistas y señalan sus  recorridos. Las fotografías, las máquinas de vídeo no son  precisamente adecuados en presencia de dolorido cortejo.

Viví durante muchos años muy cerca de la Recoleta. Está enclavada dentro del mismo Buenos Aires y la disposición de sus calles interiores, impide las vistas desde los edificios cercanos. Desde lo alto se observa un enjambre de pequeñas cúpulas, ángeles, cruces e imágenes. Viene a mi memoria  una persona añosa. Cuando se le preguntaba a dónde iba, ella respondía: “Voy a visitar a mi padre que está en un sitio donde hay muchas casitas”. Lo decía sencillamente, confundía un ángel con un hombrecito. Desconocía la rima de Gustavo Adolfo: “Al brillar un relámpago nacemos/y aun dura su fulgor cuando morimos/”. Por eso entraba sonriente a la ciudad de los muertos.

* Publicado en Revista de Protocolo de Madrid. 18.VII.2011

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