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Siempre hace bien refrescar la memoria

El niño de Hitler

Era un adolescente cuando llegó a Australia en 1949. Viajaba con una pequeña maleta, pero sus recuerdos pesaban como el plomo. En algún lugar de su memoria había escondido secretos dolorosos, fragmentos de un pasado marcado a fuego en el alma.

Por Ignacio Uría

Al final, sin embargo, todo lo oculto sale a la luz. Su historia lo confirma, esta vez con una biografía de título atroz: “La mascota”. Atroz porque la mascota era él, él con cinco años de edad y el uniforme de las SS hitlerianas.

Los recuerdos son feroces y comienzan en 1941 en Bielorrusia. “Los nazis invadieron el pueblo, Koidanov, detuvieron a todos los hombres y los fusilaron en la plaza. Mi padre entre ellos. Mi madre me ordenó esconderme en el monte. No pude despedirme de ella y ese recuerdo aún me atormenta”. Esa misma noche toda su familia fue asesinada. “Con el crepúsculo me dormí, pero los gritos me despertaron. Estaba oscuro y los disparos se oían con fuerza. Entonces me mordí las manos para no gritar”, confiesa con dolor mientras muestra las cicatrices.

Ese niño fue el único superviviente de la masacre y el bosque se convirtió en su hogar. “Comía lo que robaba y sólo salía de noche. Sobreviví despojando a los cadáveres de los soldados”. Todo terminó cuando un campesino le sorprendió robando en su corral y lo entregó a la policía. Su suerte parecía echada, pero también en el infierno hay ángeles. El suyo con forma de policía lituano, que es un atuendo inusual para un custodio. “Te llevaré a Vilna y allí tendrás que arreglártelas. Desde hoy te llamarás Alex Kurzem y eres un huérfano ruso. No lo olvides”.

Alex vagabundeó durante días por las calles de la capital lituana, pero al final le detuvieron. Su castigo fue singular: ser criado de las SS. Tenía seis años. “Me encargaron tareas como lustrar zapatos, cargar agua o encender el fuego. A veces, de noche, entretenía a los oficiales cantando y bailando, como un bufón. Les odiaba por su brutalidad, pero adoraba ser el centro de atención”.

Sus nuevos amos le dieron un techo y con ellos recorrió el frente soviético. En 1944, vísperas de la derrota, un comandante de las SS ordenó que le pusieran un uniforme y dieran le dieran un arma. De ese modo podría defenderse. Su fotografía vestido de las SS fue enviada al Führer como regalo de cumpleaños. Al verla, Hitler afirmó: “Es un verdadero ario, el nazi más joven del Reich”.

La guerra terminó y Alex emigró a Australia. “Salí de Europa sin mirar atrás. No tenía nada, así que me propuse olvidarlo todo, comenzar de nuevo”. En Melbourne trabajó en un circo y, más tarde, aprendió un oficio. Se casó y tuvo hijos, pero durante toda su vida mantuvo el silencio. Ni siquiera Patricia, su esposa, sabía nada de su infancia con los nazis.

El secreto pasó muchos años entre pecho y espalda, pero a su hijo Mark no pudo engañarlo. El chico le perseguía con sus preguntas. Insistente, cariñoso, lleno de curiosidad. Entonces Alex se rindió. Con su capitulación descubrió muchas cosas, por ejemplo, que su verdadero nombre era Ilya Galperin o que los restos de sus padres llevaban medio siglo en una fosa común cercana a su pueblo.

Lo más sorprendente, sin embargo, fue saber que, aunque rubio y de ojos azules, el niño al que Hitler definió como un verdadero ario no era ario. Era judío.

Publicado, en Diario de Burgos

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