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Sociolingüística

William Labov, creador de la Sociolingüística para el Análisis del Discurso.





“Las narrativas son el marco por el que percibimos el mundo real”




“Los animales no tienen forma en sus sistemas de decir lo que no ocurrió”, subraya Labov, al señalar la diferencia con los seres humanos. Para el creador de la sociolingüística, los medios no influyen masivamente sino a un sector, que a su vez influye sobre el resto de la sociedad.




¿Cuánto de la forma en que hablamos remite a lo social?

Aunque hablemos el mismo idioma, ¿hablamos todos lo mismo? ¿O coexisten distintas variedades de lenguaje, según el nivel socioeconómico, según la región? ¿Qué relación hay entre las historias que contamos todos los días sobre nuestras vidas y la sociedad? De esto se empezó a ocupar hace más de 40 años una rama de la lingüística que se conoce como sociolingüística, fundada por William Labov.

Labov discrepa de la idea de que puede conocer la realidad por fuera de los relatos. “Las narraciones son el marco por el que percibimos el mundo real” indica, sobre cómo se habla en las conversaciones cotidianas. Plantea que, en el discurso político, no se trata tanto de contar lo que ocurrió como de expresar el desacuerdo.



–¿Cómo empezó a estudiar la relación entre lenguaje y sociedad?

–Vine
a la lingüística desde el campo de la química industrial, donde
recordábamos permanentemente que el mundo podía probar o descartar
nuestras investigaciones. Me aproximé a la lingüística de forma de poder
decidir qué era realmente verdadero y qué no lo era, comenzando por
cómo las personas hablan en la vida cotidiana. Así que empecé a
entrevistar a personas sobre los hechos importantes de sus vidas y esto
llevó al hecho de que, cuando uno estudia lo que la gente dice, no
siempre lo cuenta de la misma forma. Las personas varían su discurso.
Esto nos llevó al estudio del cambio en el lenguaje y la variación
lingüística, lo que se convirtió en una parte importante de la
lingüística contemporánea.

–En un punto, se dio cuenta de que
debía conseguir que las personas no prestaran atención al hecho de que
usted estaba haciendo una investigación sobre el lenguaje.

–Si
uno se enfoca en cómo las personas hablan, eventualmente se sentirán
avergonzadas y cambiarán, porque están convencidos de que el lenguaje
estándar escrito es lo único real y correcto. Pero, en realidad, el
lenguaje que cuenta es el que se aprende de la madre y el padre y el que
se usa en las conversaciones cotidianas. Ese lenguaje es más
sistemático que el que se usa cuando se trata de hablar “correctamente”,
como se les enseñó en la escuela. Nuestro esfuerzo es conseguir que la
gente use su lenguaje de la misma forma fluida en que lo usa en la vida
cotidiana. Y tuvimos éxitos en estudiar el cambio lingüístico. Lo otro
que descubrimos fue que el cambio lingüístico nos rodea completamente. Y
las fuerzas que hicieron que el inglés, el español, el alemán y el
francés fueran lenguas separadas todavía están operando. Entonces, en el
inglés de los Estados Unidos nos encontramos con que los dialectos
regionales se están volviendo más y más diferentes.

–Existe la idea de que la gente “habla mal” el idioma. ¿De dónde viene?

–Es
un sentimiento universal que la mayoría de la gente tiene, que el
lenguaje existió en un estado anterior de perfección y que cualquier
cambio es para mal. Uno puede escuchar a algunos ancianos decir que les
gusta la nueva música o las computadoras, pero nunca vas a escuchar a
alguien viejo decir que le gusta cómo hablan hoy los jóvenes. Esta es
una peculiaridad del lenguaje: tenemos que aceptar que la mayoría de la
gente se avergüenza cuando señalamos que están usando nuevas formas de
lenguaje. Una vez una mujer me dijo (en inglés): “¿Por qué digo ‘oi’
cuando quiero decir ‘aye’?”. Y mi respuesta: “¿Por qué no querrías decir
‘oi’ cuando lo estás haciendo?” (N. del T.: en español, sería como
decir “se” en lugar de “sí”).

Así que, para ser realista, las
personas siempre tienen estos sentimientos de vergüenza sobre usar las
nuevas formas. En el largo plazo, el lenguaje cambiará y seguirá
adelante. Las formas que hoy consideramos nuevas, eventualmente
terminarán siendo lo estándar. Un ejemplo en inglés: la palabra
“ejecutar” en el sentido de matar, era considerada en una época una
forma mala para referirse a matar a alguien legalmente. Hoy nadie puede
imaginar qué hay de malo con el uso del verbo “ejecutar”, dado que
ejecutamos personas todos los días. Así que lo que pensamos que es
corrupto y malo hoy se convertirá mañana en el lenguaje estándar.

–Entonces, no hay “bien” o “mal” cuando se habla…

–Lo
que tenemos que reconocer es que la escuela les enseña a las personas a
hablar de una determinada manera que será útil para ellos en su vida
cotidiana. Tenemos que reconocer que estas normas son reales y
distinguir entre dos clases de reglas: una sería “tenés que hablar de
esta manera, cuando en realidad nadie lo hace”. Y la otra es decir
“tenés que hablar así, porque las personas que tienen éxito y son
educadas lo hacen”.

Nuestras investigaciones en Estados Unidos
nos muestran que, por ejemplo, el doble negativo en inglés es no
estándar, como cuando se dice “No conozco a nadie” (N. del T.: “I don’t
know nobody”, en español es la única forma) te estás marcando como una
persona iletrada. Una aproximación realista sería plantear que algunas
normas deben ser enseñadas, pero que la gente no debería avergonzarse de
cómo habla en la vida cotidiana. Hay formas de hablar que les traerán
beneficios económicos.

–En una oportunidad, ¿usted fue convocado a un juicio a testificar sobre un dialecto?

–Sí.
Ese fue un caso particular, porque mostró cómo la lingüística puede
probar un punto. Un hombre fue acusado de mandar amenazas de bomba a
Panamerican Airlines. Cuando escucharon su discurso, dijeron: “Sonaba
igual al que hizo la amenaza”. Pero, de hecho, su dialecto era de la
ciudad de Nueva York y la llamada de amenaza de bomba se hizo desde
Boston. Para los de Los Angeles, sonaba igual. Era posible probar que el
sistema dialectal de Nueva York no había cambiado y que no podía ser el
que hizo esa amenaza.



–¿De qué manera consiguió que las personas hablaran como en su casa?

–Un
método importante es preguntarles por eventos significativos en sus
vidas –situaciones de riesgo o muerte, haber sido culpados por algo que
no hicieron–, de forma tal que las personas se involucren tanto en la
historia que dejen de prestar atención a cómo lo están diciendo. Esto es
por lo que el estudio de la narrativa es muy importante. Las narrativas
son el principal modo en que transmitimos nuestras experiencias a
otros. Mi último libro, El lenguaje de la vida y la muerte, es sobre
cómo las personas relatan, ven y transforman el mundo en el lenguaje.



–¿Qué características tienen estas narrativas de la vida cotidiana?

–La
pregunta central es si una narrativa te está diciendo lo que sucedió,
¿cómo es posible que las personas te hablen de lo que no ocurrió? Es
como si te explicaran el mundo comparándolo con otro mundo que no
existió. Entonces, el uso de la negación es lo que diferencia a los
seres humanos de los animales. Los animales no tienen forma de decir lo
que no ocurrió en sus sistemas. Cuando un niño empieza a hablar, te dice
lo que ocurre. Más adelante, aprendemos a decir cosas como “podría
haber muerto”. La narrativa es el centro de cada conversación.

Si
te ponés a escuchar conversaciones, te vas a dar cuenta de que la
mayoría tiene una narración. Las narrativas son el marco por el que
percibimos el mundo real.

–En Argentina, en este momento, hay
dos grupos de opinión mayoritarios, el Gobierno y un grupo de medios y
opositores. Ha habido una fuerte discusión en torno de la idea del
“relato”, como si hubiera una realidad separada del lenguaje. Por lo que
usted dice, todos los gobiernos construyen relatos…

–El
uso de la narrativa en mi trabajo se refiere a hechos que ocurrieron.
Pero el uso de la narrativa se expandió también en los Estados Unidos al
estudiar la discusión del punto de vista, que no está relacionado con
los hechos del pasado. Beatriz Lavandera trabajó con discursos sobre la
“guerra sucia” argentina y cómo esos hechos eran tratados. Estas
narrativas que estudiamos en la experiencia personal normalmente dicen
“esto ocurrió, luego ocurrió esto otro, y esto otro”. El uso de las
narrativas de las que hablás implica en realidad expresar un punto de
vista. Hay diversas formas en las que la lingüística puede contribuir a
entender el discurso político, pero este uso expandido de la narrativa
debería verse sólo como otra forma de desacuerdo. Lavandera muestra cómo
la lingüística puede mostrar estrategias para transformar la realidad
sin que las personas se den cuenta. Si llamás a alguien “mentiroso” o
“criminal”, no necesitas un lingüista para mostrar lo que se dijo: todos
lo entienden.

–Pero no siempre es obvio. En el caso de
Lavandera, demuestra estrategias de mitigación de la figura de los
desaparecidos en el discurso de los militares.

–No, y lo que
ella planteaba es cómo se degrada la figura del desaparecido, con
expresiones como “la nómina del desaparecido”, donde se vacía de
contenido el término. Se opone a decir, por ejemplo: “Los desaparecidos
están muertos”. Tenemos muchas formas de usar eufemismos sobre la muerte
en la vida cotidiana. El discurso político puede tomar prestados esos
recursos y hay diversos estudios de lingüísticas argentinos que siguen
este camino que mostró Lavandera. Hay algunas áreas de la lingüística
donde podemos probar que algo es cierto, como en el estudio de los
cambios en los sonidos; mientras que en el estudio del discurso político
se busca persuadir a la gente mostrándole diversas estrategias
lingüísticas que no habían descubierto. Esto no quiere decir que vaya a
haber una ciencia de la argumentación política. Eso no existe.



–¿Qué ocurre, por otra parte, con el discurso de los medios masivos de comunicación y su influencia en la vida cotidiana?

–Mi
trabajo muestra que la investigación que realizaron Katz y Lasarsfeld y
que publicaron como Influencia personal era correcto: los medios
masivos no influencian a las personas en forma directa. Solamente unas
pocas personas en cada grupo social son influenciadas por los medios, y
los que los rodean son influenciados por ellos. Así que hay dos pasos de
influencia y hay determinadas personas que son consideradas líderes de
opinión.

En los últimos 40 años, los estudios de comunicación
quieren definir con claridad quiénes son estos líderes de opinión. Desde
una perspectiva comercial, cualquier publicista querría encontrarlos
para dirigirse a ellos. Esto llevó a que en los Estados Unidos surgieran
cientos de medios especializados, cada uno tratando de apelar a un
nicho. El énfasis está puesto en que los medios no influencian el
lenguaje en forma directa. El cambio en el lenguaje ocurre y es
recuperado por los medios.

Esto es cierto hasta cierto punto.
Recientemente, nuestros estudios en Filadelfia nos hicieron preguntarnos
si la televisión como medio masivo no tuvo consecuencias lingüísticas.
Es posible que los cambios que la televisión trajo en la vida cotidiana
hayan repercutido en el lenguaje. Es una pregunta abierta. Lo que está
claro, de momento, es que el lenguaje es influenciado por las personas
con las que interactúas y no por la radio y la televisión que escuchas o
ves. Pero tenemos que estar abiertos al hecho de que la televisión e
Internet han alterado la sociedad en formas que pueden tener influencia
en el lenguaje.

–¿Cómo puede contribuir el estudio del lenguaje a una sociedad más democrática?

–El
rol de la lingüística tiene un lado crítico, donde exponemos cómo la
gente usa el lenguaje para engañar. Los que siguen la escuela del
Análisis Crítico del Discurso y dicen: “¡Ajá! Este giro en particular
permite engañar a las personas y hacer pasar lo peor como algo noble”. Y
tiene también un lado positivo en el que usamos la lingüística, donde
les damos acceso a las personas a la movilidad social ascendente, a
partir de enseñarles el lenguaje estándar.

Esto puede mejorar
las características democráticas de una sociedad. Muchos chicos son
alejados de la escuela cuando se les dice que su lenguaje no es
aceptable. Hay lingüistas –estudiantes míos– que trabajan para
enseñarles a los maestros que el lenguaje de la vida cotidiana no es
incorrecto, pero hay otra variedad que tienen que aprender. Nos
dedicamos a remover el prejuicio de que el lenguaje vernáculo es
ignorante. Al mismo tiempo, usamos nuestras posibilidades para
incentivar a los niños. Yo trabajé escribiendo programas y usando mis
habilidades narrativas para escribir cosas que a los chicos los
atraigan.

Por Werner Pertot

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